Protocolo para divertirnos y volver vivos a casa

Una de las cosas que más me llaman la atención cuando me voy de vacaciones es lo ruidosos que podemos llegar a ser los españoles. Sí, sé que también en Madrid ocurre lo mismo pero parece que el tráfico (luego hablaré de él) oculta en parte esta tendencia tan poco respetuosa con los demás… hasta que llegas a un bar, cafetería, pub y restaurante, claro está.

españoles ruidosos

Como te iba diciendo, en el pueblo al que voy, casi enfrente de mi casa, con la ventana de mi dormitorio dando a la zona en cuestión, se sitúa un bar. En verano, como suele ocurrir, pone sus cuatro mesitas y sus sillas para que los clientes puedan disfrutar del poco aire que haya, fresco o no. En este caso, empiezan a ocupar el lugar las personas que llegan de otros locales y digamos que es el punto y final del recorrido, antes de irse a casa. Es decir, se empieza a llenar a eso de la medianoche.

Es cierto que hablamos del verano, de las vacaciones, etc., pero también lo es que hay gente que trabaja al día siguiente (no era mi caso, al menos esta vez) y que tiene que aguantar el vocerío de adultos y niños, que se hablan a gritos para poder entenderse (¡!). Así hasta aproximadamente las dos de la mañana. Para el que tenga que levantarse a las 6 o a las 7, se trata de un auténtico suplicio; es imposible dormir hasta que no se vacía del todo.

A ello se le añaden otros dos componentes que afectan, al menos, a dicha localidad, aunque me consta que hay muchas más. El primero es que los jóvenes y los que no lo son tanto, quitan el silenciador a las motos. El ruido es tan ensordecedor que, desde el cuarto piso donde vivo, es imposible escuchar la televisión que dos minutos antes oías fenomenal, hasta que pasa el sunami. Ni te cuento los que están más abajo o a pie de calle.

El segundo se refiere a la proporción entre lo guay que eres y lo alta que llevas la música en el coche, siempre con las ventanillas bajadas, aunque caigan a plomo cuarenta grados a la sombra. Por supuesto, es mejor hacerlo de noche, que parece que suena más, de forma que nunca pases desapercibido, aunque sea para que las personas con las que te cruzas se acuerden, como en el caso anterior, de insultos que creían olvidados.

altavoces en un coche tuneado

Foto de audiovan.es

En la ciudad pasa lo mismo, eso sí, sin las motos sonoras y los coches discoteca, que pueden llevarse una multa de las que marcan afición. Estás tranquilo en un pub, hablando en un tono correcto, sin molestar, tomándote una cerveza con los amigos y arreglando el mundo: lo habitual. De repente, entra en acción un grupo muy animado que se sienta en la mesa que está junto a la tuya. Mala suerte porque ahí se acaba tu conversación y empiezas a enterarte de la vida de ellos que, por supuesto, te interesa mucho más… por eso lo hacen.

Tienes, ante semejante guirigay, dos opciones: irte o hablar aún más alto para poder mantener un mínimo diálogo, a riesgo de que tus cuerdas vocales se te rompan en mil pedazos. Nosotros nos cambiamos de sitio, si lo hay, y, en caso contrario, de local. ¿Por qué asimilamos diversión con ruido? Si tienes la respuesta, por favor, me encantaría escucharla.

Lo mismo ocurre con las conversaciones a través del móvil, en la que todo el mundo en 50 kilómetros a la redonda, se entera de lo que le ocurre a fulanito o menganito. Pero de eso ya hemos hablado en Bloggy Mary.

Para mí, estos comportamientos denotan una falta de educación brutal, un egoísmo idéntico y un pasotismo que está en la misma proporción. Les importa nada y menos que estén molestando a los demás. Y que alguien les diga algo, incluyendo al dueño del bar, que entonces se lía parda porque estamos en un país libre y eso significa que cada cual haga de su capa un sayo: no me interesa lo que me cuentas y eres un retrógrado y un nazi. Si el local se queda vacío, mucho mejor, todo para nosotros y a hacer el ruido que queramos.

bar lleno ruido

También en vacaciones es cuando más me desplazo con el coche y cuando veo otros comportamientos que me enfadan bastante porque, aquí sí, la mala educación de algunos conductores se une a la opción probable de un accidente. Mientras que los anteriores son más o menos inofensivos, si exceptuamos la posibilidad de quedarte mudo y sordo durante un tiempo, en este caso el riesgo que ocasionan es injustificable.

El que alguien decida correr los cien kilómetros en menos de media hora es su problema. Voy por mi derecha a 120 en autovía y que me adelante el que lo desee, pero los energúmenos que deciden pegarse a la trasera de mi coche o de cualquier otro porque ellos lo valen, no tienen perdón. El más mínimo obstáculo en la carretera que entrañe una bajada de velocidad significa, ipso facto, un accidente e incluso un choque en cadena, con lo que eso entraña.

Luego está el rey de la carretera que impide que cualquier otro vehículo le adelante. Cuando te pones en paralelo para hacerlo porque el señor o señora van a 90 por hora en autovía, deciden acelerar a más de 120. Sin problema, retrocedes y vuelves a tu sitio. Bajan de nuevo la velocidad. Vuelves a intentarlo con idéntica reacción. Así hasta cuatro veces me ha pasado. Puede parecer que eso no entraña riesgo, pero sí que lo hace porque, supuestamente, hay más probabilidades de colisión.

Y, claro, están los profesionales del ceda al paso en las incorporaciones. La carretera a tope pero ellos tienen prioridad porque así lo valen. Me ha tocado frenar más de una vez para evitar estamparme contra el listo o lista de turno. Es en esos momentos cuando te gustaría llevar un camión o un autocar…

accidente de coche

Desde luego, disto mucho de ser una buena conductora. Cometo mis pequeñas infracciones, en ocasiones a propósito y en otras no, pero siempre evito molestar a los demás y menos aún poner en riesgo sus vidas.

Así pues, insisto en las tres normas que siempre me guían en estos casos, un Protocolo en miniatura para que todos podamos disfrutar y llegar vivos a casa: sentido común, respeto por los demás y educación, tanto al volante como en la calle y en los locales públicos. Cuántos problemas nos evitaríamos, ¿verdad?

¿Tienes alguna anécdota o consejo que quieras añadir sobre los dos temas de los que hoy he reflexionado contigo en Bloggy Mary? Gracias por comentar y por compartir.

María Rubio

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