El Protocolo cuando no existe Protocolo

Voy a ser sincera contigo, así, para empezar. Llevo dándole vueltas varios días a sobre qué escribir en Bloggy Mary. Con el fallecimiento de mi madrina (sí, otra vez, de ahí el retraso), pensé en completar el artículo que publiqué hace poco más o menos dos meses, cuando murió mi padrino. Sin embargo, me parecía que era recrearme demasiado en hechos luctuosos y he optado por reflexionar sobre esta disciplina… cuando no existe.

La frase del titular puede parecer un sinsentido pero nada más lejos de la realidad. Si conduces, hay ocasiones en las que, ante un cruce o un giro, no hay un ceda al paso ni un stop para saber quién tiene preferencia, aunque sí que, en la autoescuela, te enseñaron una serie de normas cuando estás en dicha situación, normas que, en el fondo, dicta la lógica. Con el Protocolo pasa, o debería pasar, lo mismo.

preferencia en un cruce sin señales

Te voy a soltar una pregunta a bocajarro: ¿qué es para ti el Protocolo? Espero la respuesta en tu comentario 😉

Para mí, como bien sabes, es facilitar las relaciones entre personas. Se trata, por lo tanto, de un concepto amplio que abarca desde el lugar donde se hace el encuentro, hasta el tono de la conversación, los obsequios que pudieran existir y el cuidado de los cinco sentidos de los asistentes. Sí, me refiero al oído, vista, etc.

Son muchas las ocasiones, sobre todo en las empresas y en el ámbito personal, donde no existe un Protocolo de actuación pero sí unos usos y costumbres, arraigadas en el tiempo, que nos ayudan, como en el ejemplo de la autoescuela, a relacionarnos con nuestros semejantes.

Son unas leyes no escritas que te enseñaron tus padres, a ellos, los suyos, y así han ido pasando de generación en generación. Es lo que se han venido a llamar normas de urbanidad y de educación, que varían según los países y las culturas.

El origen de estas pequeñas guías de actuación puede ser relativamente reciente o que se pierda en la noche de los tiempos. Lo que las hace especiales es que son razonables, es decir, que vienen a salvar una serie de problemas, y que son útiles, pues en caso contrario, no funcionarían.

Un ejemplo muy sencillo, ¿por qué crees que al estornudar hay que taparse la boca con la mano? Seguro que ni lo tienes que pensar: para evitar contagiar un resfriado (u otros gérmenes) a terceros. Fue algo que se nos transmitió hace siglos cuando un constipado podría suponer la muerte directa, de ahí lo de “Jesús” en plan “Dios te proteja porque de esta no sales”. Como hoy en día sigue teniendo utilidad, aunque los adelantos médicos y de higiene hacen que la gravedad sea muy inferior, seguimos educando a los niños en la misma costumbre.

taparse al boca al estornudar

Ahora bien, existen otra serie de usos que no deberían enseñarse, por mucho que estén arraigados en la historia porque ya no son ni razonables ni útiles, y sí pueden ser incluso denigrantes. Entre otros, están aquellos que tienen que ver con la discriminación de la mujer: cedernos el asiento en el transporte en situaciones normales, quitarse el sombrero a la hora de saludarnos, pagar nuestras consumiciones, etc. El sitio se deja cuando la persona lo necesita: embarazadas, ancianos, inválidos, accidentados,… Descubrirse la cabeza hay que hacerlo siempre que dificulte el saludo, se tenga el sexo que se tenga, al igual que uno se quita las gafas de sol, aunque luego se las vuelva a colocar. Lo de pagar ni lo comento. Esto es, hemos cambiado unas normas de conducta por otras más acordes al tiempo en que vivimos.

Los usos y costumbres son Protocolo cuando no hay Protocolo y forman parte de él porque también ha de respetarlos para ser efectivo. Es más, hay que conocerlos. Esta semana, leía un artículo de Juan de Dios Orozco en su blog en el que explicaba la anécdota de cómo la ministra de Transportes de Gran Bretaña regaló un reloj al alcalde de Taipei. Desconozco el motivo pero, para el caso, tampoco importa. Según los usos de la región, regalar un reloj, aunque sea muy muy valioso, es tanto como desear la muerte al obsequiado. Se trata de un grave error de Protocolo por desconocer o ignorar las costumbres de terceros.

Algo más sencillo. A nadie se le ocurre atentar contra una vaca en India: te falta continente para correr. La razón de ello es que estos animales, en su momento, transmitían graves enfermedades cuando se comía su carne, de ahí que la propia religión hindú decidiese evitar tantas muertes convirtiendo al vacuno en sagrado (obviamente el proceso no es tan racional como lo cuento). Hoy por hoy lo sigue siendo, aunque ya no exista el problema tanto como entonces. Es posible que, en un futuro, si las circunstancias lo requieren, pueda de nuevo consumirse.

Sea como sea, el respeto por los usos, costumbres y tradiciones debe imperar mientras se mantengan, lo entendamos o no, puesto que casi todo tiene un porqué en su origen.

Por cierto, ¿se te ocurre algún otro ejemplo de Protocolo cuando no existe el Protocolo?

Gracias por comentar (hoy te he dejado dos preguntas) y por compartir.

María Rubio

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7 Respuestas a “El Protocolo cuando no existe Protocolo

  1. Para mi, el protocolo consiste básicamente en relacionarte de una forma en la que te sientas bien y hagas sentir bien a la persona con la que estás tratando, que aunque parezca muy sencillo, en realidad es bastante complejo.

    Personalmente, la cortesía y la buena educación me encantan, pero hay muchas veces que las personas lo usan para situarse en posiciones de superioridad con respecto a otros, que han desarrollado sus vidas y por tanto sus aprendizajes en entornos poco cultivados en esos aspectos.

    Pienso que la persona realmente bien educada y protocolaria, tiene las herramientas necesarias y además las usa para crear un ambiente, esté donde esté, en el que todo el mundo se sienta cómodo, tranquilo y sin ningún tipo de tensión.

    Acabo de descubrir este blog y te felicito, María. Me gusta hasta el nombre 🙂 Me suscribo ahora mismo y os dejo el mío, por si queréis echarle un vistazo.

    Elena
    http://eventosconcorazonblog.com/

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  2. El protocolo es la forma en que nos presentamos a los otros,
    Y según donde nos encontremos, así actuaremos.

    No es menester presentarse ante el rey como si fueras a entrar en una sauna,
    ni entrar en una sauna con la corona de rey.

    El protocolo esta para que no desentonéis, allá donde os encontréis.

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  3. Veras María, a mi me sigue gustando que un señor me ceda el asiento, me retire la silla, me ábra la portezuela del coche, sirva el vino, etc. No creo que esto tenga ver tanto con el protocolo como con la cortesía y esta siempre se agradece. A mi me gusta ser tratada de igual a igual en cuanto a derechos, asignación de tareas, trabajo, pero esto no esta reñido con la cortesía, que es algo bonito y no veo razón alguna para desterrarlo, a pesar de que cada vez haya menos personas corteses. Lo que quiero decir, para resumir, es que yo no me siento en absoluto denigrada porque alguien sea cortes conmigo.

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    • Hola, María José:

      Por supuesto, es cortesía. No digo que no me guste ni que me sienta denigrada cuando un caballero (porque lo es), me abra la puerta para pasar. Con ese adjetivo, me refería a otros usos como ese en el que la mujer cocina, cose, hace la compra, se encarga de los niños y otros peores que no voy a mencionar porque no es necesario y que, por suerte, están desapareciendo, por el simple hecho de ser mujer. El problema es que si queremos ser tratadas como iguales en otros ámbitos, debemos renunciar a algunas cosas como el que nos cedan el asiento en el transporte o que salgan ellos primero para abrirnos la puerta del coche; según mi opinión, es injusto eso de ahora me tratas como mujer y ahora, solo cuando a mí me interesa, me tratas como igual. La educación, siempre; la cortesía debería ser la misma para ambos sexos (abrir la puerta a una persona mayor que tú, sea hombre o mujer, etc.).

      Muchas gracias, María José, por tu buena puntualización y feliz fin de semana.

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