Periodistas y confirmaciones

El tema de hoy de Bloggy Mary no iba a ser este. Las circunstancias me han llevado a cambiarlo y a redactar el post siguiente. Lo motiva la desilusión. Puede que esté echando piedras sobre mi propio tejado y que haya quien se sienta ofendido, pero hay cosas que claman al cielo. Esta entrada va para una minoría, por fortuna, y solo a esa minoría está enfocado, aunque creo que somos muchos los que hemos sufrido las consecuencias de su comportamiento.

Los que hayáis leído algo de mi biografía o me sigáis, sabéis que soy periodista y que trabajo en comunicación global, on y off. Uno de mis clientes tenía hoy una acción con prensa. No voy a explicar de qué iba, aunque sí que implicaba a terceros, incluso a extranjeros (con lo que eso supone respecto a la imagen de nuestro país y de sus profesionales), y que había mucho trabajo por detrás. Pues bien, de todos los convocados, siete medios, perdón, siete periodistas, siete compañeros, confirmaron asistencia, incluso hoy mismo… pero solo vinieron dos.

Acepto sin problemas que un periodista me notifique que no puede venir o también que ponga un plazo para confirmación y nadie lo respete. Sé cómo es, cómo se complica el día, cómo en el último momento te llega el gran marrón que hace que te olvides de todo. Lo sé, lo he vivido. Sin embargo, sigo sin entender qué problema hay con enviar un sms, un email, un whatsup, señales de humo, una llamada, lo que sea, para informar a la persona que tienes de contacto en un determinado evento que te ha surgido algo que te impide acudir, a pesar de haber confirmado.

Me da la sensación, corregidme por favor si me equivoco, de que estamos tan pendientes de nuestras propias historias, que nos olvidamos que, uno, los demás también son personas; dos, hay un trabajo importante detrás de cada convocatoria, invitación o similar; tres, si hay terceros implicados, dejamos a nuestro contacto a la altura del betún ante ellos. La falta de empatía, en algunos casos, es sorprendente.

Como os decía, no voy a entrar en detalles. Mas, para que veáis lo que hay detrás, aunque a muchos no os estoy descubriendo nada nuevo, os comentaré que, en su concepción, este acto, como todos, supuso un importante trabajo, de ponerse en la piel de los compañeros para intentar imaginar lo que les puede interesar y lo que no, cuándo podrían venir que no estuvieran liados en exceso, ajustar las agendas con los directores de la empresa para la que trabajas, convencerles de que se trata de algo para que los periodistas estén relajados, que no se pretende artículo, reportaje o similar, solo que estén relajados y nos conozcan.

Luego supone contactar con las personas apropiadas para establecer si se puede realizar la idea. Si es así, qué se les entrega, cómo se les va guiando a través del evento, cómo se les va a ofrecer, quién lo paga (importante en este caso porque lo hacía la entidad extrajera que nos apoyaba), acoplar agendas, establecer una base de datos de medios, ver a qué redactor le puede interesar, escribir la nota de prensa, escribir la convocatoria (aquí, invitación), el lugar, etc.

En mi caso, se trajo a alguien muy interesante que vive no ya fuera de Madrid, sino de España. Se implicó a una entidad que tampoco era de aquí, se realizó en un sitio que solo por el lugar valía la pena, se prepararon unas bolsas para dar la información,… Dos días completos solo de llamadas, de observar la mejor forma de llegar a nuestro público, en este caso los periodistas, de ver que responden bien, de confirmaciones de última hora, otras que te dicen que tal vez y que colocas en los “no, pero”. Hablas con los extranjeros, hablas con las personas de logística. En una palabra, estás una semana completa o más enganchada en exclusiva, entre gestiones y redacciones.

Al final estás feliz porque tu trabajo ha dado resultado, porque tus compañeros responden a la invitación. No en masa, lo que nunca has esperado, pero sí los suficientes. Llegas muy satisfecha al lugar donde se les ha convocado. Empiezan a pasar los minutos que se convierten en cuartos de hora, en medias horas y, después, en una hora y solo hay dos periodistas delante de ti que han decidido cumplir con su palabra a pesar del trabajo. Encima uno de ellos, que pensaba que llegaba tarde, manda un mensaje disculpándose pero asegurando que va. Y allí está.

Transcurrida una hora, llamas por teléfono a las redacciones de los confirmados ausentes (“ya ha salido”), llamas a sus móviles cuando los tienes (apagado o fuera de cobertura o no lo cogen), dejas mensajes a sus compañeros (si los encuentras) y en sus contestadores, miras tu correo cada minuto para ver si a alguien se le ha ocurrido pensar en anular… Todo en vano.

Llevo muchos años de profesión y sé que esto va unido a ella. Lo normal es que calcules que de todos los confirmados acudirán la mitad más uno, es decir, de los siete de hoy, tendrían que haber venido cuatro. Pero las cuentas no salen y una se cansa.

Sí, porque estoy cansada. Estoy cansada de que me digan una cosa y luego hagan la contraria. Cansada de tener que dar explicaciones y de pedir disculpas en nombre de terceros (soy así de tonta). Cansada de que, como soy la responsable, el que asistan o no depende de mí, cuando no es así una vez que confirman. Cansada de que muy pocos sean capaces de mandar un simple correo (no me hacen falta ni explicaciones) informando de la anulación. Cansada de que mañana, casi con toda seguridad, no me encontraré un email o semejante disculpándose por no haber acudido. En fin, cansada de sufrir una falta de respeto que a veces resulta lacerante.

Vuelvo a lo de antes. De verdad, prefiero un “no” porque lo entiendo, a un “sí” y luego no me presento. Nos hacen empezar el acto más tarde en espera de que decidan honrarnos con su presencia, nos hacen quedar mal como empresa y, al ser yo su encargada de comunicación, acaba repercutiendo en mí directamente, lo que, en determinadas circunstancias, puede conducir incluso a que pierda a ese cliente y, desde luego, a que no gane otro. Se trata de nuevo de protocolo entendido como una normativa que facilita las relaciones. Trátame como a una persona, piensa en el daño que me haces con tu actitud, recuerda el trabajo que hay detrás. A continuación, anula o confirma, pero sé fiel a tu palabra o pide disculpas si las circunstancias te han obligado a no serlo.

Recuerdo que no hace mucho preparé una rueda de prensa desde Madrid que se iba a celebrar en otra comunidad autónoma. Aquello fue apoteósico. Confirmaron más de veinte medios en un cliente mediano. Pensé que era fantástico, todo controlado… hasta que llegó el momento y nos llamó el cliente preguntando qué pasaba porque no se presentó NINGUNO. De verdad, ninguno, nadie, cero, nobody. Desde ese momento, he confiado muy poco en mis compañeros. No porque no vayan sino porque si les surge algo en el último momento, me entero al notar su ausencia. Sin explicaciones ni disculpas.

Aunque sé que la mayoría lo hacéis, solo un recordatorio: por favor, compañeros que leáis este post, anulad, no pasa nada, anulad, aunque sea media hora más tarde de que empiece el evento. Y si no podéis, por favor, disculparos al día siguiente. No os cuesta nada y no sabéis cómo se agradece. ¿Es pedir demasiado? Vosotros ¿qué opináis? ¿Habéis tenido una experiencia similar que queráis compartir? ¿Cómo habéis actuado? ¿Cuáles han sido las consecuencias para vosotros? ¡¡¡Gracias!!!

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